FORO DE DEBATES
FUNDACIÓN VIVIAN TRÍAS
Montevideo 2001
"Buenas noches.
Pensaba qué importante y necesario es crear instancias como ésta donde quienes se quedaron en el país, quienes estuvieron presos , quienes nos fuimos, desde vivencias tan válidas como diferentes, podamos sentamos a vaciar los bolsillos y poner sobre la mesa esos pedazos fuertes de vida, esos aprendizajes, esas piedritas para así recomponer algo que aún parecería seguir fracturado.
Porque no podemos chiflar y mirar para arriba y hacer de cuenta que aquí no ha pasado nada. Aquí pasaron muchas cosas y nadie salió ileso. Y si creemos que la dictadura fue una pesadilla del siglo pasado, que el exilio se acabó, que el desexilio no ha sido mas que un trámite aduanero, que los uruguayos somos los que estamos, dejaríamos en el tintero la mitad de la historia.
Fíjense que el exilio (ya que es el tema que nos convoca) impactó sobre, por lo menos, cuatro generaciones. Pienso en mis abuelos que vieron partir a dos hijos, en mi padre que lo sufrió, en mi generación que también tuvo que irse o quedar huérfana y en los hijos que nos nacieron afuera y a los que a su vez desterramos para traerlos aquí.
Esa realidad deja sus secuelas, como las han dejado la cárcel, los muertos arrancados a punta de silencio, el miedo, la soledad obligada. Secuelas que están en el hoy y ahora. Y esta es razón es más que suficiente para que por fin hagamos el intento de pensar juntos. No pensar por el otro, para el otro, contra el otro, sino juntos, confrontando experiencias, poniendo en común lo aprendido Porque si con este bagaje que cada uno carga hacemos una chacrita personal, cultivando rótulos y regando etiquetas, nos estaremos condenando a vivir en un Uruguay fracturado.
Creo que con una buena dosis de honestidad hacia nuestro propio proceso, sin soberbia, podríamos crecer, podríamos ir borrando las fisuras, trazar otro mapa
humano que nos abarque a todos y que seguramente será mucho más rico y multiplicador.
El integrar hoy este panel junto a dirigentes políticos de larga trayectoria, sea, tal vez, un paso más en esa dirección, buscando una pluralidad de miradas que de alguna manera legitime nuestras vivencias.
Fui convocada para hablar del exilio en, calidad de hija de un exiliado y en ese sentido quisiera hacer algunas precisiones que puedan ayudar a comprender mejor desde donde les hablo.
Cuando me fui del país tenía 21 años, era militante estudiantil de una agrupación que había sido proscrita, había estado detenida un par de veces, nunca presa y mi casa era allanada sistemáticamente; quiero decir con esto que, no me fui niña, no me fui ingenua, no me arrastraron al exilio.
Acompañar a mi padre al destierro fue una decisión personal. Difícil, porque no sólo dejaba mi país, aquí también quedaba mi madre. Acompañarlo una parte del camino ya que el fue expulsado del país en el 69 y yo salí en el 76.
Y es desde allí desde donde quisiera hablar, desde lo que traigo en los bolsillos, no siempre es bueno, pero es lo que tengo. No se trata de hacer una apología del dolor, una competencia de sufrimientos (creo que a nadie le cabe duda que la situación más extrema fue la de los presos), no se trata, tampoco, de un simple intercambio de anécdotas que muchas veces oímos y ni siquiera escuchamos.
Resumir quince años de exilio en quince minutos es un intento condenado al fracaso. Me limitaré entonces a contarles las cosas que más. me impactaron y sus huellas. Ustedes tomen lo que les sirva.
A comienzos del 76 me fui a Buenos Aires con la idea de estar un tiempo más prolongado con mi padre, dos meses después asesinan a Michelini ,a Gutiérrez Ruiz y a Rosario Barredo y su compañero y la situación empieza a enrarecerse vertiginosamente.
Recuerdo que estando en el velorio de Zelmar papá me decía que no había que irse, que no podía ser, que había que aguantar... Se sabía que estaba circulando una lista (Plan Condor) y que las muertes no terminarían ahí. Casi obligado por el embajador de Cuba accedió, con los dientes apretados, a dejar la Argentina, a irse de nuevo. Recuerdo que la última noche la pasamos en la oficina de Prensa Latina (donde él trabajaba) en la calle Corrientes y a las tres de la madrugada vinieron a golpear brutalmente la puerta ante lo cual nos quedamos mudos esperando lo peor... zafamos.
La primera escala fue España y de allí a Suecia donde papá había sido destinado como corresponsal de Prensa Latina para los países nórdicos. A los cuatro meses yo me radiqué en Bruselas por razones de idioma y de estudio.
Inmediatamente me puse en contacto con los uruguayos. Yo era de las más joven. Compañeros veteranos me decían: “para vos gurisa es más fácil, cargás menos cosas en la mochila, tenés más posibilidades de adaptarte a esto”. Yo, en cambio, pensaba que era a la inversa, que por mi edad estaba más desprovista de recuerdos, de referentes, de amistades como anclas, de tiempo vivido en mi país.
Sentía que yo tan sólo tenía la mitad de un ladrillo para recomponer y defender una casa, en cambio ellos ya traían los cimientos.
Después entendí que era duro para todos y que cada uno asume esa nueva vida como puede y con lo que tiene.
Paulo Freire decía “Nadie llega solo a ningún lado, mucho menos al exilio. Nadie deja su mundo adentrado por sus raíces, con el cuerpo vacío y seco. Cargamos con nosotros la memoria de muchas tramas el cuerpo mojado de nuestra historia, de nuestra cultura”.
Creo que el punto de partida del exilio, literalmente, es la ausencia de elección: se nos impone desde afuera la obligación de abandonar nuestro país. Hay una fractura, se pasa de un mundo al que estamos adaptados a otro desconocido, muy bruscamente. Nos sacan y lo único que podemos manotear, a lo único que podemos aferrarnos, como decía Brecht, es a un ladrillo, “para mostrarle al mundo como era nuestra casa.”
Posiblemente el mayor o menor grado de aprendizaje de ahí en adelante, dependerá del uso que le demos a ese ladrillo.
Sin pretensiones de análisis académico, pero sí como fruto de ese rumiar sobre lo vivido, me animaría a decir que se diferencian básicamente tres conductas:
1- Con ese ladrillo se construye una fortaleza donde sólo hay sitio para mis iguales y se deja afuera al otro diferente por considerarlo una amenaza a nuestra identidad. Se cristalizan los recuerdos y vamos convirtiendo nuestra historia en un álbum de fotos relativamente fijas. Sólo relativamente, porque la fantasía las va retocando al punto de convertirlas en ideales.
Poco vamos a aprender al manejarnos con certezas a modo de coraza, sin permitirnos un intercambio que nos enriquezca. Prevalece el mundo interno sobre el externo y lo único que hago es mirar gente que ya conocía, (gente como yo), comunicándome en base a sobreentendidos (¿malentendidos?), con un receptor que me devuelve, como un espejo, lo que temo perder.
En esta actitud de ghetto, uno estrecha su universo como para que nada ponga en cuestión ese esquema, seguramente porque se siente demasiado vulnerable.
2- Con ese ladrillo podemos construir un muro que nos separe de nuestra identidad, como si ese fuese el precio a pagar para ser aceptado (miedo a un segundo rechazo) en esa nueva cultura. Confundimos así integración con fusión. Aquí se da una suerte de colonización, uno asume el rol de colonizado, y no una adaptación activa a esa nueva realidad.
Recuerdo un consejo de mi padre en ese sentido: “Tendrás que irte aproximando lentamente al nuevo tipo de vida que Europa representa, sin perder tu propio enfoque de la vida, hasta que ambos aprendan a convivir armoniosamente en ti, sin cerrarte a las nuevas costumbres, pero sin perder tampoco ciertas negativas a admitir algunas de esas costumbres, porque en caso contrario habrás sido ABSORBIDA por el estilo europeo y dejaras de ser latinoamericana, pero tampoco serás europea, sino otra víctima de la transculturación, o sea, nada”
Esta reflexión me conduce a la tercera situación
3- Con ese ladrillo se construye un puente de ida y vuelta que opera como un canal de comunicación y permite la retroalimentación. La confrontación con el otro diferente no sólo reafirma nuestra identidad sino que además la enriquece. Esta situación es ideal pero no siempre fácil de alcanzar.
Insisto en que estas tres situaciones son muy esquemáticas. Nadie queda encerrado estrictamente en una, sino que muchas veces transita por las tres aunque si haya preponderancia de una de ellas.
El exilio es de por sí una pérdida, un despojo, Abrirse a un cambio es estar dispuesto a asumir la crisis que representa todo aprendizaje, ese momento de transición entre lo viejo muerto y lo nuevo por nacer. Quizá por ello implique un doble duelo y la resistencia al cambio sea mayor.
Mirando mi propia experiencia reconozco haberme estacionado más de la cuenta en la primera actitud. Comparto las palabras del compañero. Villar cuando afirmaba que el exilio uruguayo había sido un exilio político. Lo comparto si por eso se entiende que fue un exilio militante, activo y solidario. Pero también fue un exilio mirando al sur, mirando al paisito y por esa misma razón, cargado de nostalgia, lo cual no es contradictorio.
La nostalgia fue, muchas veces, la herida por la que respirábamos, era vida de segunda o de tercera pero era nuestra. De alguna manera se vive esa extranjería, ese “despaisamiento, ” como dicen los franceses, como un compás de espera, como si uno pusiera los años entre paréntesis hasta poder retomar la vida verdadera. Esto no es bueno, porque la vida es ese hoy y ahora, no podemos bajarnos un rato del mundo, aunque el mundo nos duela. Entonces los recuerdos se agigantan, los olores de los domingos, los colores de ciertos barrios, las cosas más insignificantes toman proporciones enormes que nos desbordan.
Inconscientemente estamos poniendo todo lo bueno en el pasado y todo lo malo en ese presente y creemos que así nos defendemos, que así el paisito no nos va a perder y sobre todo, que nosotros no nos quedaremos sin comarca.
Vivimos como en el hall de un aeropuerto, siempre por irnos porque esa es la zanahoria que uno encuentra para sobrevivir. Porque uno se cansa de no poder hablar en borrador, de tener que pasar en limpio hasta los gestos, es que no podría ser de otra manera porque nos encontramos frente a códigos diferentes.
Nada de esto es demasiado saludable, pero, repito. hicimos lo que pudimos.
Seguramente lo que nos rescató del ghetto fue la solidaridad de mucha gente que supo aceptarnos como éramos y tuvo la generosidad de embarcarse en batallas ajenas.
En el año 79, yo estaba embarazada de mi hija mayor y empezaron a hacernos llamadas anónimas a tres familias muy unidas en lo político y en lo afectivo.
En esa oportunidad me dijeron:” será una rosa o será un clavel”.., y se oía un ruido como si hicieran girar el tambor de un revólver. Las llamadas se repetían sistematicamente. Luego sólo le hablaban a una compañera, entre otras cosas
dijeron (con el mejor acento uruguayo) “Ahora le toca a los retoños les vamos a matar a los hijos.” Esto se prolongó durante años y llegó a extremos mucho más terribles como que a esta compañera, le tocaran el timbre de su casa diciéndole que venían por su hija.
Cuando hicimos la denuncia ante la ONUy la policía belga, el propio jerarca máximo nos dijo que ellos no podían intervenir hasta que no ocurriese algo pero que él, como padre, no se sentaría a esperar con las manos vacías. A buen entendedor...
Cuando mis vecinos se enteraron de la situación, formaron espontáneamente un comité de apoyo para evitar cualquier tentativa de secuestro de mi hija, implementando sistemas de alarma y asumiendo cada uno una función concreta si llegaba a suceder algo. Les aseguro que era conmovedor verlos organizarse.
Seríamos muy ingratos si no rescatasemos estos gestos enormes.
Gestos y afecto que también encontré a raudales en Venezuela, un país que entre otras cosas me permitió ejercer la docencia y donde pasé los últimos siete años de mi exilio.
No todo fue nostalgia, no todo fue tristeza, estábamos a salvo, conocimos otras culturas, éramos privilegiados. Como se decía con cierta ironía comíamos la dura ostra del exilio, yo diría también que estábamos condenados a torta de cumpleaños cuando no había nada que festejar.
Volvimos a otro país (porque los países tienen edad como la gente) y nada quedó fijo, todos somos otros, más sabios o más gastados, pero otros.
Yo me fui con mi padre y 21 años, volví con 36, una hija belga y un compañero venezolano (siempre digo que me traje lo mejor de los lugares en que vivi y lo completé aquí con un hijo uruguayo) ¿Cómo voy a pensar que soy la misma?
Entonces así como uno va entendiendo que los belgas, los suecos, los venezolanos son diferentes y eso lejos de representar una amenaza, para nuestra identidad nos enriquece, así tenemos que aceptarnos nosotros, los que llegamos, los de adentro, los que aún están afuera.
Italo Calvino decía: ”Más ciudades visité, más conocí la mía. Las ciudades no te maravillan por sus siete maravillas o por las bellezas, sino por las preguntas que te contestan”
Estamos demasiado acostumbrados a restar y la clave está en sumar y sumar no es amontonar, ni es la obligación de pensar, sentir y actuar homogéneamente,sumar es que usted traiga su amarillo y yo ponga mi azul y juntos lleguemos al verde.
Se acabó el tiempo y queda un gran tema pendiente el desexilio. Hacen falta muchos desexilios para poder llegar y llegar tiene tanto que ver con el que viene como con el que está. Habrá que seguir pensando.
María Noel Gutiérrez
Ma Noel, la más maravilloso de tu análisis es que lo hacés (dicho en presente porque tu texto de ayer, cuando lo leo está en mi hoy) desde el corazón, pero no se queda en el mero testimonio de vida. Va mucho más allá, aporta a la comprensión de lo que hoy somos y de las tensiones que aún quedan por superar.
ResponderEliminarGracias por compartirlo. Al leerlo no pude evitar pensar en la novela "Apenas diez" de Marisa Silva.
Mónica
Querida Mónica, sabes que dudé en subir este texto por extenso y porque viene a romper, de alguna manera, el “ritmo” del blog. Pero en realidad, ¿cuál es el ritmo sino una música interior acompasando la danza de la lectura?...
ResponderEliminarEl exilio nos ha matrizado y forma parte de nuestra trama. Para seguir escribiendo en presente, hay que decantar lo que nos trajo hasta aquí.
Es curioso, me dices que te recuerda a Marisa Silva. Yo la descubrí hace pocos meses a través de una vieja compañera de liceo (profesora de historia) y me sucedió algo mágico al leerla: me estaban contando mi vida en una novela, todo era familiar, todo ublicable, todo alentadoramente previsible. Me gustó y algún día tengo de decírselo.
Un abrazo fuerte
Ella estaría feliz de conocerte y conversar contigo de eso. Cuando quieras las conecto.
ResponderEliminarVaya si quiero conocerla y charlar largo con ella
EliminarMaria:pertenecemos a una familia que sufrio tus tres items del exilio, sufro cuando recuerdo la rabia , la impotencia, la injusticia de saberlos lejos y sentirlos tan cerca siempre. Los que nos quedamos nos sentimos tambien exiliados, nos habian cambiado de pais,exiliados privilegiados porque los olores, las calles, las estaciones no nos la pudieron cambiar, pero si nos habian arrancado de cuajo esos seres tan queridos con los que no nos permitiamos sentir los olores, ni disfrutar de las calles, y hasta nos daba lo mismo nuestras cuatro estaciones porque por decencia ellos , ustedes no estaban para compartirlo , años duros de esperas eternas. Realmente excelente tu sintesis y tu propuesta: hagamoslo, ¿o es que ya lo hemos estado haciendo desde el reencuentro de todo tipode exiliados?
ResponderEliminarGabriela, creo que la tarea presente, urgente, vital es construir. Los escombros pueden ser ruina si nos sentamos a llorarlos o base sólida para levantar paredes frescas. Elijo la segunda opción. Sin desconocer -y por eso decanto- el grandísimo dolor de los derrumbes.
ResponderEliminarAh... me olvidaba...lo estamos haciendo.
Laura, calaste hondísimo...hasta el hueso. GRACIAS
ResponderEliminarMe encanto !!! Maria tu testimonio me llego al corazon.
ResponderEliminarSoy hija de Gardel , sigo repitiendo los exilios , una vez me fui de Belgica para vivir y conocer el Uruguay , pais tan soñado por mis padres, y la segunda me fui del Uruguay para volver donde naci. Que es lo que busco ? No lo sé ... Puedo decir que la dictatura dejo huellas a varias généracions.