FÁBULA
Una cucaracha mala y envidiosa, irritada porque el ciempiés tenía muchas más patas que ella, le dijo un día al miriápodo con lisonja malévola: “Qué maravillosa gracia posees al caminar, qué increíble coordinación, no sé como consigues moverte tan sinuosa y fácilmente con todas esa patas que tienes, ¿me podrías explicar cómo lo haces?”. El ciempiés halagado, se estudió a sí mismo y luego le detalló de buena gana el procedimiento: “Es muy fácil no hay más que mover hacia delante las cincuenta patas del costado derecho mientras que mueves hacia atrás, sincronizadamente, las cincuenta patas del costado izquierdo y viceversa”. La cucaracha fingió admirarse: “¡Qué formidable! ¿Podrías hacerme una demostración?”. Y el ciempiés no fue capaz de moverse nunca más.
Escribo desde que tengo memoria
A los siete años descubrí que lo mejor de la escuela eran las Redacciones ilustradas en hojas Tabaré. A los ocho, desafiando a la maestra debuté con un espantoso poema sobre el Otoño que desparramó amarillo a diestra y siniestra.
A mi adolescencia la acosté sobre una hoja larguísima y allí, con letra redonda fui deshilachando penas, encendiendo mechas zigzagueantes, rescatando y sepultando amores.
Escribía para descifrar el mundo, como si bastase nombrar las cosas para apropiarnos de su sentido.
Escribía para no perderme de vista. Balbuceaba señas y señales sobre papeles blancos para que aquello que buscaba me encontrase.
Y cuando los años me sacaron de un tirón para afuera, escribía para achicar los mapas, para hacerle trampas al olvido, para encontrar atajos, para lamerme las heridas y escupir la rabia.
Escribía para respirar
Un día fui a aprender el oficio…El maestro dio vuelta un poema, me mostró las costuras desparejas de los versos, los surcidos invisibles, los pliegues secretos de cada verbo, el bies engañoso de algunos adjetivos, la cadencia. No sé si ese día perdí la ingenuidad o la inocencia. Algo pasó (seguramente muchas cosas pasaron) pero desde entonces, como el ciempiés, me paraliza la llanura despoblada de la hoja.
Escribir difícil es fácil. La sencillez y la belleza de una colcha de retazos es, quizás, lo más parecido a un buen texto, donde la faena laboriosa no debe verse.
Para exorcizar el miedo y retomar el paso me invento este blog, una estrategia para animarme a compartir algunos recorridos.
¡Me encanta!
ResponderEliminarQue lo disfrutes y te disfruten.
Que no te paralice más la llanura despoblada de la hoja, porque es hermoso lo que escribís. Gracias por compartir tus recorridos... en puntitas de pie, te sigo.
ResponderEliminarHola Ma.Noel!!
ResponderEliminarHe quedado gratamente sorprendida al leerte, quiero felicitarte, seguí escribiendo porq tus bellas palabras hacen mucho bien al alma...emocionan.
Besos
María Aurensanz
La Plata
Gracias Mónica...si la llanura se va poblando de ustedes, seguramente será más fácil
ResponderEliminarGracias María
ResponderEliminar¿Que decirte?: a traves de tu poesia hablas por todos, los recuerdos me llegan a borbotones, y no perdono el dolor ni las ausencias forzadas, no hare nunca, solo tus palabras , hermosas y verdaderas haran que me perdone a mi misma.
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